Era un día nublado, de esos nublados que sé que te encantan.
Retomé aquel camino que solíamos transitar con inocencia y elegancia, y pensé
en todo aquello que prometimos y jamás llevamos a cabo. Recordé con cautela
esas manos frías que solían envolverme con tanto calor y ternura. Y cómo
olvidar esas risas, esas risas que compartíamos sin compromiso alguno, ese aire
de serenidad y calma. Muy en el fondo sabía, que no era más que un recuerdo
vago, de algo que jamás debió haber existido, de algo fugaz e incierto. La
realidad te somete, te obliga a abrir los ojos, te hace darte cuenta que la
felicidad es momentánea, y de un momento a otro… se puede esfumar.
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